LA VISITA DEL OBISPO


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LA VISITA DEL OBISPO



Representación de la obra de teatro en las fiestas de la Pilarica en La Ribera de Folgoso

Pequeña obra de teatro que transcurre en un pequeño pueblo del Bierzo de principios del siglo XX.

ACTO I
ESCENA ÚNICA

Se levanta el telón y a parecen todos los actores y extras formando un semicírculo, con abertura hacia el público. En un escenario que simula ser la plaza de un pueblo. En el centro del mismo el alcalde apoyándose sobre una cachaba, con la boina en la mano. Las mujeres y hombres visten ropas de labranza.
ALCALDE-. (Dirigiéndose a los allí reunidos y con voz autoritaria). Señores y señoras, he          convocado este Concejo Público de urgencia, porque la noticia que tengo que transmitirles así lo requiere. El señor cura ha recibido una carta del Obispado de Astorga en la cual se le comunica que en menos de un mes recibiremos la visita del Señor Obispo. (Se oyen cuchicheos entre los asistentes)…. ¡Haber señores!, ¡ya saben que para hablar tienen que levantar la mano y pedir la palabra!. Asique les pido que no me interrumpan hasta que no acabe de hablar…. Por este motivo he decidido que a partir de ahora tenemos que dedicar unos días a acondicionar, limpiar, y dejar bonito el pueblo,  por lo que el mozo de concejo pasara por las casas para convocar a todos a las “facenderas” a realizar y el horario que a cada vecino le corresponda. De igual modo cada vecino está obligado a tener en perfecto estado la “frontera" de su propia casa y demás propiedades, retirando de las calles; carros, aperos de labranza y demás utensilios o casas que tenga fuera. No hace falta decir que la visita de tan alta personalidad, es algo histórico pues no tenemos constancia que nunca Obispo alguno haya visitado estas tierras dejadas de la mano de Dios. Tengo que deciros también, que mañana estaremos en la escuela el señor cura, el señor maestro y un servidor para atender vuestras propuestas e ideas que podáis aportar como acto de recepción a su eminencia y al séquito que lo acompañará. Pues debéis saber que esta visita no solo la realizará a este pueblo, sino que visitará también a los pueblos de la contorna, por lo que es de suponer que a estas horas todos los demás pueblos son conocedores de tal noticia y actuarán en consecuencia. Todos queremos ser el pueblo que realice la mejor recepción asique tenemos que echarle imaginación con el fin de ser los mejores, por lo que tenéis hasta mañana para pensar que hacer como acto de bienvenida y entre las propuestas que presentéis, el señor cura, el maestro y yo “mesmo”, escogeremos las mejores para entre todos llevarlas a cabo. ¡Ea!, señores ¡todos a pensar y ya mañana escucharemos sus propuestas!

Se baja el telón entre cuchicheos de la gente.

ACTO II
ESCENA I

      Se levanta el telón, en el escenario aparece la escuela. formada por pupitres de madera, en la parte derecha del escenario la mesa del profesor y detrás un encerado pintado en la pared, en la mesa están sentados, en medio el Alcalde, a su derecha el cura y a su izquierda el maestro. En la parte izquierda del escenario junto a la puerta se encuentra  Gerardín, un alumno de la escuela, de pie.
CURA.-            Yo creo que deberíamos pintar la Iglesia, arreglar el tejado y demás desperfectos, al fin y al cabo la personalidad que esperamos es Ministro de la Iglesia, y ya de paso como representante que soy en este pueblo de tan digna Institución, no estaría de más que se arreglase también mi casa, la cual forma parte del mismo paquete y que dicho sea de paso ¡falta le hace!
ALCALDE.- Aunque es bien cierto lo que dice señor cura, no pierde usted ocasión de arrimar el ascua a su sardina.
MAESTRO.-  Desde luego señor cura, ustedes no dejan de pedir. La realidad que se impone aquí es otra y, si bien no debemos olvidar que nuestra nación es católica, románica y apostólica, no por ello se utilizan todos los recursos en un único fin religioso. Se olvida usted que es precisamente en la escuela donde se afianzan esos valores. Donde se forman las personas y, es desde aquí desde esta casa donde nos encontramos donde salen los futuros curas, maestros, ingenieros etc., que forjan de orgullo a nuestra gloriosa nación, por lo tanto y partiendo de esa irrefutable verdad, yo propongo que todos los recursos financieros que se hayan de utilizar en la organización de este evento, sean invertidos en un mejor acondicionamiento de esta escuela, para que así el señor Obispo pueda observar, que nuestro primer objetivo es la formación y conocimiento de los futuros ciudadanos.
ALCALDE.- ¡Otro que tal baila! ¡Aquí de lo que se trata, es que el Obispo vea un pueblo hermoso, bonito, que invite a una próxima visita! (dirigiéndose directamente al cura). ¡No se trata de arreglar solo su Iglesia, a la cual a lo mejor ni tan siquiera entra! (Dirigiéndose al maestro) ¡Ni tampoco su escuela!, que aparte de estar alejada del centro del pueblo, la realidad es que su discurso populoso, poco o nada tiene que ver con la realidad. Porque, por lo pronto, de esta escuela no ha salido ningún cura, ningún maestro, ningún ingeniero ni la madres que los pintó. A lo máximo que han llegado sus alumnos ha sido a pastores, sin olvidar que acaso una sola excepción se podría precisar y, es el caso de Tonino, el de la tía Tomasa, quien después de quedarse huérfano, fue recogido por una tía suya que vivía en León, donde conoció a una joven y guapa mujer con la que casó después de un tiempo y, gracias a la cual regenta una pequeña tienda de ultramarinos en la Plaza de Abastos, heredada del padre de su mujer, cuando este falleció y que era a la sazón el propietario de tal negocio.  Asique dejémonos de monsergas y discursos populosos  y ciñámonos a la empresa que hoy nos trae aquí, y que no es otra que recoger ideas que redunden en beneficio de todo el pueblo, ¡y no de un colectivo en particular!, asique sin más demora, pasemos a oír la voz del pueblo, que ellos nos guiarán en el sentido correcto y en el deseo popular que es al fin y al cabo lo importante. Asique sin mas ¡A la porra su escuela y su iglesia!
CURA.- ¡Hombre señor Alcalde, no me sea usted ofensivo!
ALCALDE-. ¡No “pretendiai” serlo, señor cura, pero usted “mentiende”!
GERARDÍN-. (Interrumpiendo la conversación), Señores viene un vecino es “Gurrumino”.
ALCALDE-. Haber guaje, de ahora en adelante, anuncia a la gente por su nombre, no por el mote.
GERARDÍN.- (Haciendo una reverencia burlesca hacia la mesa presidencial). Señores… Excelencias Don Tomás pide audiencia.
CURA-. ¡Estos jóvenes de hoy, siempre se toman todo a guasa”!
ALCALDE.- ¡Hazle pasar! 

ESCENA II

Entra Tomás, con boina calada, se descubre haciendo una pequeña reverencia con la cabeza mientras sujeta la boina con ambas manos.
TOMÁS.- ¡Con permiso señores!
ALCALDE.- Pasé, pase Tomás.
TOMÁS.- (Acercándose a la mesa presidencial).  Vengo a hacerles una propuesta. Verán, yo creo que sería bueno, que contratásemos una banda de música o un grupo de jotas, me consta que en la zona hay muy buenos joteros, y en todo caso, en Noceda hay un hombre que toca el tamboril y la chifla y creo que en Quintana y en La Ribera también “ailos”.
MAESTRO.- No está mal traída tu propuesta.
TOMÁS.- Aunque he de admitir que viniendo para acá, he pensado que a lo mejor esta misma propuesta la barajan en los demás pueblos y no sería bueno repetirse y ser demasiado persistentes en un solo acto de bienvenida en toda la contorna. A lo mejor sería bueno el hacer una ronda de chistes y cuentos, ya saben de mi buen sentido del humor.  Por ejemplo como aquella pareja que fallecen y van al cielo, San Pedro no los deja entrar, pues pese a que fueron buenas personas y siempre obraron bien, en cambio vivieron en pecado pues se amancebaron y nunca se casaron. La pareja pide que les traigan un cura y así corrigen ese pecado quedando limpios para entrar en el reino de los cielos, a lo cual San Pedro les dice que eso sí que sería un verdadero milagro, por que jamás ha entrado cura alguno en el reino de los cielos.
CURA.- (Levantándose de su silla y con cara de pocos amigos). ¡Hombre de Dios, Tomás… Tomás… Tomás…!, ¡no creo que esa sea buena idea y mucho menos con chistes de esa catadura y para que un gracioso como tú no pueda improvisar tales cosas, que nos dejarían en mal lugar, creo que desde ahora se debe intentar que por todos los medios nadie se pueda salir del protocolo que se marque en la recepción del señor Obispo.
TOMÁS.-  ¡Hay pillín, pillín!, chiste o no, ya me gustaría a mí oír las confesiones de los curas.
ALCALDE.- ¡Bueno Tomás, ya pensaremos en la primera parte de tu propuesta, la segunda parte desde ahora ya te digo que no!.
TOMÁS.- (haciendo una pequeña reverencia  se pone la boina). Bueno ustedes sabrán, buenas tardes. (Sale)
GENARÍN.-  Señores, viene el “cornuello”.
ALCALDE.- ¡Pero bueno Genarín, ya te he dicho que llames a la gente por su nombre, no por el mote!
GENARÍN.- ¡Señores, viene Don Liborio!


ESCENA III

    Entra  Liborio portando cachaba, zurrón y ropas propias de pastores. Entra ligero y algo nervioso mirando hacia el público como si mirase a través de una ventana.
LIBORIO.- ¡Señores, vengo de “priesa” y corriendo por que he “dejao” a la “muyer” sola con el mío rebaño y la “verdá”, que es tan distraída la "recondengada" que siempre me pierde alguna por el monte. (Mirando hacia el público simulando mirar por la ventana)… Miren sus eminencias, allí arriba en la loma está y en vez de mirar “pal” rebaño está mirando “paqui”. (Blandiendo la cachaba, se acerca a la orilla del escenario). ¡María…María!, ¡cómo se te escapen las ovejas subo hay arriba y te jodo!.
VOZ EN OF DE MARIA.- No caerá esa breva, que se me escapen las “oveyas”  y tengas que cumplir tal pena.
LIBORIO.- Esta “muyer” mia “vaime” matar… “Buenu” yo “vinia” a “traeyes” una “prupuesta”, y es que estoy dispuesto a “dayes” dos corderos y “facer” una caldereta con la que agasajar al Señor  “Ubispo” y todos los zampones que le acompañen.
CURA.- ¡Pero hombre de Dios!, como te atreves a llamar zampones al séquito del señor Obispo.
LIBORIO.- Mire "usté" señor cura, yo no soy hombre de letras ni tengo arte ni oficio, mi vida consiste en labrar mis tierras y pastorear mi rebaño de "oveyas" y "magüetas"  y con eso y un poco de un “yao” y un poco de “outro” mantener a mi “muyer” y a mis cinco “rapaces”. Que por cierto tampoco soy hombre de vida liviana y un vividor, solo cinco veces en mi vida me he "emborrachao”, y de ahí tengo cinco pecaos en casa que zampan más que la madre que los “trujo” al mundo. Pero eso no quita para que sepa lo que se cuece en el mundo y saber de sobra que detrás de un hombre principal como este, se “apegan” a su sombra una serie de vividores y meapilas, que mientras le pasan la mano por el “yombo” y le ensalzan todas sus virtudes, viven a costa  y del cuento de este. Asique lo dicho, si tienen a bien sus señorías, cuenten con un par de corderos y. Con esto me voy de “priesa” no balla a ser el diablo que esta “muyer” mia me pierda el rebaño y después ni “oveyas”, ni corderos ni la madre que nos pario a todos. ¡Buenas tardes! (sale).
MAESTRO.- La verdad que agasajar al señor Obispo y su séquito con una comida, no sería mala idea.
CURA.- Como idea no sería mala, no señor, pero claro para eso tendríamos que tener la certeza de la hora en que vendrá a nuestro pueblo. Lo digo porque a lo mejor aquí llega muy temprano o muy tarde, por lo que tendríamos que conocer su itinerario y protocolo. Por lo que si les parece antes de tomar alguna decisión al respecto, déjenme que escriba al Secretario del Señor Obispo para recabar la información al respecto y ver si nos coincidiría la hora de la comida en este pueblo.
ALCALDE.- Bien, hagámoslo así, dejaremos esta propuesta pendiente, hasta conocer esos datos que usted se encargará de proporcionarnos.
GENARÍN.- A la puerta están tres mujeres que piden ser recibidas.
ALCALDE.- ¿Las tres a la vez?
GENARÍN.- Así parece ser señor Alcalde
MAESTRO.- ¿Puede saberse quiénes son?
GENARÍN.- Lurdes, la del “sapo”, Antonia la hija del “contrahecho” y Rafaela la de Juan “el Lebrero”.
ALCALDE.- Vamos a ver rapaz, ¿Cómo tengo que decirte las cosas?, no puedes decir; Lurdes, la mujer de Rogelio; Antonia la hija de Tomás y Rafaela la mujer de Juan.
GENARÍN.- Por lo que veo usted sabe de sobra a quienes me refería.
ALCALDE.- ¡Si hombre sí!, ¡si todos conocemos los motes de nuestros vecinos, y los nuestros propios!, pero no está bien presentar a la gente con su mote.
CURA.- Menos mal que por lo menos a la gente principal del pueblo no nos ponen mote
(El maestro y el Alcalde disimulan una pequeña sonrisa)
GENARÍN.- ¿Cómo qué no?, a usted le llaman  “badagero” al señor maestro el “tuesto” y el Alcalde de toda la vida es “forrunas”
ALCADE.- Lo mío ya es herencia de mi abuelo.
CURA.- ¿y a mí porque me llaman “badagero”?
GENARÍN.- Porque señor cura, cuando toca a misa, parece que se queda “pegao” al badajo de las campanas, porque nos da un recital de media hora.
MAESTRO.- Yo prefiero no preguntar porque me llaman “tuesto”, aunque ya conocía este hecho de hace tiempo.
ALCALDE.- ¡Será condenao el rapaz!…¡ Anda haz pasar a las mujeres

ESCENA IV

Entran las tres mujeres
LAS TRES A LA VEZ-. Buenas tardes señores.
CURA.- Buenas tardes nos de Dios hijas mías, decirnos ¿Qué propuesta nos traéis hasta esta casa?
RAFAELA.- Pues miren, hemos estado las tres pensando en que podríamos hacer y sacando ideas…
ANTONIA.- Si, y pensando, pensando hemos tenido la idea, de que podíamos mostrar a señor Obispo nuestras mejores dotes de mujer.
CURA.- (levantando la voz y con cara de enfado) ¿Qué dices insensata?, ¿Cómo se puede ser tan blasfema?, ¡Que el diablo me lleve si he de permitir semejante blasfemia.
LURDES.-  ¿Qué dice señor cura?, si nos deja hablar y no interrumpe, podemos explicarle lo que las tres queremos proponer, pues en nada es ofensiva Ni pecaminosa nuestra idea. Lo que Antonia quería decir, es que nuestra idea es agasajar al señor Obispo con un ajuar hecho por nosotras, las mujeres del pueblo.
CURA.- ¡Ah, bueno! De las palabras desprendidas de Antonia creí entender otra cosa.
ANTONIA.- ¡Si alguien ha pecado aquí, señor cura, ha sido usted por tener malos pensamientos!
ALCALDE.- Bueno, bueno… vallamos al grano. Aclarado el malentendido, explicarnos de forma precisa ¡y sin que de motivos a malos entendidos!, vuestra propuesta
LURDES.- Como ustedes saben, nosotras las mujeres del pueblo, cuando nuestras tareas cotidianas nos dejan algo de tiempo, nos reunimos en torno  al “fogar” en las largas noches de invierno y cuando los “filandones” se tercian, o bien en las tardes-noches del verano a la fresca y aprovechamos las conversaciones para realizar nuestras labores….
RAFAELA.- Es por ello, que unas nos hemos vuelto expertas en tejer, bordar, hacer toda clase de punto, así como cestos o alpargatas de esparto e infinidad de cosas.
ANTONIA.- Pues bien, nuestra idea es que las mujeres del pueblo hagamos cada una aquel trabajo manual que mejor se nos da y así entre todas confeccionar un buen ajuar con el que agasajar al señor Obispo.
CURA.- La idea me parece particularmente buena, pero… ¡no sé yo si el señor Obispo será amigo de agasajos y ofrendas!.
MAESTRO.- ¡Calle, calle, señor cura!, que como decía Don Quijote a Sancho en una de sus correrías narradas por Miguel de Cervantes “con la Iglesia hemos topado amigo Sancho”. ¡No se preocupe usted por ese particular, pues nunca he visto ni oído que nadie de la Iglesia rechace un regalo u ofrenda!, ¡y a buen seguro tal dote será del agrado de su Eminencia el Señor Obispo!.
ANTONIA.- ¡No te fastidia, eso ya lo sabemos nosotras!. ¿Acaso el señor cura ha rechazado alguna vez alguna ofrenda, ya sea esta económica o viandas, como cuando se celebra San Antonio?
CURA.- ¡Bueno, bueno, eso son ofrendas e intenciones que se hacen a los Santos!
ANTONIA.- ¿A los Santos?... ¡ande ya!...¡Lleve usted a mi casa todos los Santos que tiene en la Iglesia y todo lo que coman y beban va de mi cuenta!.
ALCALDE.- Señor cura, le aconsejo que no se meta en discusiones con las mujeres, que estas están hechas de una costilla muy dura y a fe mía, que discutirán y permanecerán en su terquedad impávidas y no habrá quien las haga salir de su erre que erre.
LURDES.- Bueno que, ¿Dan ustedes el visto bueno a nuestra propuesta?
MAESTRO.- Tendremos que deliberar sobre el asunto y ya se les comunicará la decisión que tomemos.
ALCALDE.- Antes que os valláis, contestarme a una pregunta. ¿Qué pasaría si nuestra decisión fuese contraria a vuestra idea?.
RAFAELA.- Pues ¿qué va a pasar señor Alcalde?, de sobra sabe que digan lo que digan, nosotras vamos a realizar esos trabajos para regalárselos al Señor Obispo.
ALCALDE.- Eso me temía, por eso he preguntado.
CURA.- ¿Entonces para qué concho han venido aquí a hacernos perder el tiempo?
ANTONIA.- Señor cura, solo para mantener las formas, y como no teníamos mucho que hacer, pues dijimos “vamos a la escuela haber que se cuece, y de paso damos un poco la paliza a esos tres para que no se aburran”.
RAFAELA.- ¡Pos ea!... ¡Queden ustedes con Dios!
CURA.- ¡Que Él os acompañe hijas!
(Salen las tres)
CURA.- ¡No entiendo a estas mujeres!, ¡Si ya tenían la decisión tomada!, ¿Por qué han venido? ¿Y si ahora nosotros consideramos que tal cosa no se haga?.
MAESTRO.- Señor cura, ¡cómo se nota que usted no conoce mujer!, para entenderlas un poco hay que pasar por su vicaría y aguantarlas muchos años, pese a todo y por mucho que se viva con una mujer, nunca acabará de entenderlas del todo. ¡Es el ser más complicado que ha creado Dios!.
ALCALDE.- Si pero pese a todo ¡Que sería de nosotros sin ellas!.
GERARDÍN.- Señores “el Pichicha”… digo don Zacarías pide ser recibido.
ALCALDE.- Hazle pasar mancebo.


ACTO V

                Entra Zacarías, con aire imponente, buena planta, muy estirado  y  bien vestido. Se dirige a la mesa presidencial.
ZACARÍAS.- Buenas tardes señores... Como ustedes saben, soy hombre de mundo, estuve en León, Madrid y hace poco que he regresado de París…
MAESTRO.- Si, sabemos de sobra de sus andanzas y correrías. Desde que regresó, no ha hecho otra cosa que repetirlo una y otra vez a todo el mundo.
ZACARÍAS.- Pues bien, a lo que voy… en mis andanzas por París, tuve la fortuna que en cierta ocasión fuese invitado a cenar a casa de un rico comerciante. Después de la cena, comencé a sentirme indispuesto, pues son pitanzas las que se consumen por aquellos lares, para las que mi estómago no está acostumbrado. Así ocurrió que me vino tal apretón, que no pude por menos que preguntar a un sirviente por un lugar en el cual poder aliviarme de tal retorcijón. Este en vez de llevarme a las cuadras o a un lugar apartado, me condujo a una pequeña habitación, en la cual había en una esquina como único mueble una trona de madera. Ante mi extrañeza por tal situación el sirviente me masculló una explicación en francés, idioma que prácticamente desconocía, pues no hacía mucho que había llegado a París. El sirviente se percató que no había entendido gran cosa asique optó por hacerme una demostración un tanto ilustrativa. ¡Se trata de un nuevo invento que esta haciendo furor entre la gente de alto postín de la sociedad francesa!. Dicho invento se llama váter. El cual consiste en lo siguiente, cuando uno tiene ganas de defecar….
ALCALDE.- ¿De qué?
ZACARÍAS.- Ustedes me perdonarán, pero creo que se hace necesario hablar en español… ¡Cagar!… cuando uno tiene ganas de cagar, se sienta en esa trona la cual tiene un agujero en medio a través del cual se defe… digo se caga. Luego con un sistema que conduce el agua hasta ese sitio, al cual se le llama cañería, se abre una llave y se deja caer agua la cual limpia todos los resto de la deposición. Se limpia con un cepillo de mango largo y queda nuevo y reluciente para el siguiente uso.
CURA.- ¡Coño que invento!
MAESTRO.- ¡Señor cura, sosiéguese y no se deje llevar por la impresión de los inventos terrenales!
CURA.-Perdón por mi incorrección, pero es que me parece un buen invento. Y dime hijo, ¿Qué pasa con los restos?, ¿a dónde van?.
ZACARÍAS.- En las ciudades hay un sistema de alcantarillado, que recoge todas las aguas de lluvia, así como las de los fregaderos y esos váteres, ese alcantarillado, ¡que por cierto ya los romanos lo utilizaban en las ciudades!, lleva todos los residuos al río,  en un lugar alejado de la ciudad.
ALCALDE.- Teniendo por muy buena tu propuesta, la realidad, es que aquí eso sería poco menos que imposible de realizar, pues tendríamos que buscar mano de obra especializada, tal vez traída de Madrid o igual hasta del propio París. Así como esas tuberías y cañerías y demás utensilios… Definitivamente, esa es una empresa imposible de llevar a cabo en un pueblo tan pequeño como el nuestro, pues nuestras arcas no disponen de fondos suficientes ni tan siquiera para iniciar la más elemental obra.
ZACARÍAS.-Bien, es cierto que tal empresa, de la forma en que yo he comentado, es imposible de realizar, pero ya hace tiempo que vengo dándole vueltas a la cabeza y, se me ha ocurrido que partiendo de esa idea inicial podríamos organizar algo parecido, sin apenas gasto.
CURA.- ¡Explícate hijo mío no nos tengas en ascuas!.
ZACARÍAS.- Verán… hasta ahora cuando queremos aliviar nuestras necesidades, ¿Qué hacemos?. Vamos al corral del ganado, al huerto o tras los matorrales. Pues bien a partir de ahora eso se ha acabado, podemos realizar en un rincón de la plaza una pequeña habitación con paredes de piedra o tablas. El habitáculo no ha de ser muy grande, lo justo para que entre el váter y que pueda ser utilizado por una persona desahogadamente.
MAESTRO.- ¡Nunca mejor dicho!
ZACARIAS.- En la parte del suelo se realiza una tarima elevada para aislar dicho váter del suelo y acoplamos a esta el mueble. Como carecemos de tuberías para traer el agua desde el rio  en su lugar ponemos un caldero que cada vecino una vez hechas sus necesidades se encargará de llenarlo en la fuente y así tener siempre limpio el receptáculo.
ALCALDE.- ¿El rece… que?
ZACARÍAS.- El mueble…el váter.
CURA.- Si hijo mío si,  pero hay que pensar en todos los detalles. Por lo pronto ¿No pretenderás que el Señor Obispo, traiga un caldero de agua desde la fuente o el río?,  ¡no estaría bien!. Por otra parte, no sabemos si su Eminencia tendrá ganas de hacer sus necesidades en este pueblo.
ZACARÍAS.-  Ya había pensado en eso. Supongamos que al Señor Obispo le ofrecemos un pequeño refrigerio.
ALCALDE.- ¿Un pequeño…qué?
ZACARÍAS.- Unos pinchos… un tentempié…. ¡Coño, algo de comer!
ALCALDE.- ¡Chico, es que utilizas unas palabras más raras, desde que viniste del París de la Francia!
ZACARIAS.- En caso que el Obispo haya comido con anterioridad, un pequeño refri… digo un pequeño tentempié nunca lo rechazan. En caso que no haya comido, pues con mayor motivo. A esas viandas les habremos echado previamente un ligero purgante para que así sienta la necesidad de utilizar este invento.
CURA.- ¡Hijo mío!… ¡hijo mío!...¡No se hasta qué punto eso no sería pecado!.
ZACARIAS.- Señor cura ¡eso no puede ser pecado!, ¡Cuando es uno de los remedios que se utilizan cuando algún ganado está empachado o entelado!.
CURA.- ¡Hombre no es lo mismo!
ZACARIAS.- ¿Cómo?, ¿Cómo puede ser pecado utilizar un mismo remedio con un cerdo, un caballo o una vaca que con el Obispo, ¿Acaso no son todos hijos de un mismo Dios creador?
CURA.- ¡Hombre, no me compares al Obispo con un animal de granja!
ALCALDE.-  Bueno, bueno… no perdamos ahora el tiempo en esas cavilaciones.
MAESTRO.- ¡Sea como sea, hay que hacer lo posible por que el señor Obispo utilice ese váter!.
ZACARIAS.- Pues bien, una vez que el Señor Obispo haya entrado en tan ilustre lugar. En la parte de debajo de la tarima ponemos a una persona para que tan pronto como el Obispo haya acabado de hacer sus necesidades pase una escobilla por el mueble, así cuando este levante sus santas posaderas de tan ilustre receptáculo, se encuentre con la agradable sorpresa  que está totalmente limpio y así sus ojos no se vean en la necesidad de observar su defecación. ¡Por qué hay que admitir, que sea del Obispo, del mismo Rey o del mas vulgar de los mortales, la mierda siempre es mierda, bendita o pecadora!. Así de esta forma tan sutil, a los ojos del Señor Obispo este invento le parecerá  más importante que la séptima maravilla del mundo y a fe mía que quedará tan sorprendido y maravillado que no tendrá duda en bendecir tan sagrado lugar.
CURA.- No exageremos, que la divinidad de tan alto representante de la Iglesia, no se dejará impresionar por semejante invento terrenal, por mucho que este invento pueda maravillar a los más de los mortales.
ALCALDE.- Bien…bien…bien ¡Y tú que parece que lo tienes todo pensado! ¿Quién crees que podría ser la persona más idónea para introducirse bajo ese habitáculo y limpiarlo cuando acabe el Señor Obispo de realizar sus necesidades.
ZACARTIAS.-  Eso señor Alcalde, no me corresponde a mí decidirlo, más bien creo que designar a la persona apropiada es tarea del Señor Alcalde, aunque si yo tuviese que pensar el alguien, el único en el pueblo que lo haría sin rechistar seria Rodolfo, los demás no creo que se presten a realizar tal tarea.
MAESTRO.- Yo tengo otra pregunta, ¿de dónde sacaremos ese mueble?, por que bien pensado no sería cosas económica ir a buscarlo a París.
ZACARÍAS.- Si me permiten, yo hablaría con el carpintero, quien siguiendo mis instrucciones, podría fabricar una trona de madera, así como comenzar a la construcción de dicho habitáculo en el lugar que ustedes tengan a bien decidir.... Bien y si no tienen más preguntas que hacerme, me retiro y así les dejo que deliberen sobre esta cuestión, los pormenores los podemos ir viendo a medida que se construya.
ALCALDE.- Puede retirarse Zacarías y, muchas gracias por su aportación e idea.
Sale Zacarías
ALCALDE.- Bien, pareciendo que los tres estamos de acuerdo en el proyecto, si les parece podemos pasar a deliberar sobre el particular.
MAESTRO.- A mí particularmente me parece la mejor idea que ha habido hasta el momento. Por otra parte, ante la gran avalancha de gente que con la industrialización en las ciudades está trayendo el despoblamiento en los pueblos, a los cuales dicho sea de paso nos tratan de paletos, esto sería una gran posibilidad de demostrar que en los pueblos no somos tan paletos como pretenden cargarnos con ese San Benito  en las ciudades.
ALCALDE.- No se preocupe usted por ese particular, que como usted bien dice, ante la gran avalancha de gente de campo que está marchando a la ciudad, pues se da la particularidad que es precisamente en las grandes ciudades donde hay más cantidad de paletos por metro cuadrado. De estos, los mayores paletos de todos son aquellos que abandonando el pueblo en el momento que llegan a la ciudad se creen urbanitas de toda la vida.
CURA.- Bien, cambiando de tercio. No quisiera ser un aguafiestas ni nada por el estilo. Veo por sus rostros que a ustedes dos les parece una gran idea lo expuesto por Zacarías, pero yo no lo tengo tan claro. Al final estos inventos, más bien acaban pareciendo cosa del Diablo que de la Divina Providencia, por que todas las cosas terrenales que el hombre acaba inventando, tarde o temprano se vuelven contra el propio hombre. Yo solo creo en la divinidad de las cosas y no en la materialidad de las mismas. Hasta la fecha siempre hemos ido a cagar de campo o en las cuadras y, no se por que motivo esto no tiene por que continuar siendo así. Por otra parte no se hasta qué punto este invento será del agrado de las santas posaderas de su Eminencia el Señor Obispo. Pero repito, no quisiera ser yo el que ponga freno a este tipo de actividades, que invitan a que todo el mundo participe con ilusión en la consecución de una empresa de estas características. Por lo tanto mi voto va a ser de abstención para evitar pronunciarme en uno u otro sentido.
ALCALDE.- Bien, teniendo en cuenta su abstención, eso nos deja a nosotros dos la decisión final para aceptar o rechazar esta propuesta. ¿Qué opina usted señor maestro?.
MAESTRO.- ¡Sin duda alguna señor Alcalde, mi voto es favorable a esta empresa!. Mis razonamientos se salen de la lógica divina a la que argumenta el señor Cura párroco y, me voy a la lógica terrenal de las cosas y , esa lógica me dice que este invento será algo que dará que hablar.
ALCALDE.- Bien, creo que su respuesta es válida para los dos, así que sin más queda aprobada la propuesta de Zacarías… Haber Genarín ¿Hay alguien más a la puerta?
GENARÍN.- No señor Alcalde y no se ve venir a nadie más.
ALCALDE.- Pues bien señores en ese caso creo que podemos dar por levantada le sesión. Ya tenemos ideas suficientes sobre las que ponernos a trabajar.


ACTO III

ESCENA I

      Plaza del pueblo, engalanada, en un lado del escenario se ve el váter el cual permanece abierto por el lado que da al público. Está elevado sobre una tarima. Al lado de él están los vecinos del pueblo. Dos mujeres portan bandejas con diferentes viandas.
VOZ EN OF.- Señores…señoras ya se acerca al pueblo la comitiva del Señor Obispo.
ALCALDE.- (levantando la voz) ¡Rodolfo!…. ¡Rodolfo!... ¿Dónde está Rodolfo?
RODOLFO.- (personaje un tanto contrahecho y algo tartamudo) ¡A…a…aquí estoy, se…se…señor alcalde!.
ALCALDE.- ¡Bien, ya sabes lo que tienes que hacer, ocupa tu lugar y cumple tu cometido con total pulcritud.
RODOLFO.- ¿Con….con…con qué?
ALCALDE.-  ¡Con esmero y bien hecho, hombre!
RODOLFO.- ¡A bueno!, cre…cre…creí que ha…había dicho u…una pa…palabrota. (Se introduce en el espacio que hay entre el suelo y el piso del váter)

ESCENA II
           Entra el Obispo seguido por la comitiva. Se acerca en primer lugar al Cura, quien haciendo una genuflexión besa el anillo. Luego se acerca al Alcalde.
ALCALDE.- Eminencia, es para nosotros un privilegio el recibirle en estas humildes tierras y, como muestra de nuestra gratitud por su santa visita, me es grato antes de comenzar la visita oficial, el agraciarle con unos pequeños aperitivos. Aunque ya sabemos que no hace mucho que ha comido, pero sería desconsiderado de su parte, el que no probase estos suculentos manjares, que las mujeres han estado elaborando toda la noche, con sumo esmero y trabajo.
OBISPO.- En la forma en que usted me lo plantea, sería  una desconsideración y casi un pecado el no probar sus ricas viandas. (Se acerca una mujer con bandeja ofreciendo su contenido al Obispo, mientras esto sucede el maestro coge por el hombro a Zacarías acercándose ambos al borde del escenario)
MAESTRO.- ¿Estás seguro de haber echado el purgante en la bandeja?
ACARÍAS.- Totalmente… y por si acaso eché algo más de lo recomendado. Pero solo en la bandeja que se ofrece al Señor Obispo. La otra es totalmente normal. ¿No sería bueno que se formase cola en el váter!
(Alguien del séquito se acercó a la bandeja que se ofrece al Obispo, pero con habilidad la otra mujer que portaba la otra bandeja se interpuso en medio ofreciendo de la suya)
ALCALDE.- ¡Coja!... ¡Coja otro!,  ¡tenga presente que estas pobres mujeres, se tomaron su buen trabajo elaborando estos manjares!.
OBISPO.- Razón lleva amigo alcalde, ¡pero la gula es mala consejera!, haciendo un gran esfuerzo, cogeré otro, por las razones tan convincentes que usted expone y, por no hacer un desprecio, pero no mas. Tenga presente que hace menos de una hora que hemos comido y aún nos queda un gran camino que recorrer en lo que queda de día y, no es bueno viajar con el estómago lleno….
(Pasados unos instantes, el Obispo se lleva las manos al estómago haciendo amagos de sufrir retorcijones, los cuales el actor exagera un poco)
OBISPO.- (dirigiéndose al cura y cogiendo a este por el hombro). Perdone señor Párroco, parece que he comido demasiado y me encuentro un poco indispuesto. ¿Podríamos ir a  su casa y así poder aliviarme de esta pesadez que me oprime el estómago?.
CURA.- ¡No es necesario ir a mi casa!, verá estas gentes han realizado en esta plaza un invento que han importado de París, se llama váter y usted podrá hacer sus necesidades de una forma muy cómoda y sentado.
OBISPO.- ¡Sí!, ¡Ya ha llegado a mis oídos un invento similar que está haciendo furor  en la Corte de Madrid!, pero ¡ignoraba que en un pueblo como este, tan apartado de la mano de Dios, estuviesen tan avanzados. ¡A fe mía que estas gentes son muy peculiares!.
MAESTRO.- (Dirigiéndose al váter da unos golpes). ¡Rodolfo, prepárate que viene para acá su Eminencia!.
RODOLFO.- ¿Qui…quien dice que viene?. ¿No…no…no te... tenía que ve…venir el O... Obispo?
MAESTRO.- ¡Ese mismo es el que  viene, desgraciado!. ¡Calla y que no se note tu presencia!
El cura y el maestro acompañan al Obispo hasta la misma puerta del váter. Este cierra la puerta tras de si. Rodolfo siente ruidos en la parte de arriba y mira por el agujero, momento en que el Obispo se sienta en el retrete, y le cae a Rodolfo una sustancia marrón en todo el rostro. Este se refriega intentando sacarse aquella pestilencia de encima y creyendo que el Obispo había finalizado la faena introduce la escobilla por el agujero. El Obispo al sentir algo que le refriega las nalgas de levanta con un gran susto cayendo de culo jal piso. (El público ve la escobilla saliendo por el váter).
OBISPO.- ¡Coño!, ¿Qué invento del diablo es este?, ¡que el culo me limpia antes incluso de acabar la faena!.
El obispo gatea lentamente acercándose hacia el váter y va acercando su cara a aquel invento con el fin de descubrir el sistema.
(Se congela la escena. Rodolfo sale de su posición y se dirige al público desde el borde del escenario)
RODOLFO.- Ya que el pueblo ha confiado en mí para llevar a cabo tan gran empresa, no los quiero decepcionar y daré otra pasada con la escobilla para que quede reluciente y limpia.
(Se introduce de nuevo en su sitio y continúa la escena)
En el momento en que el Obispo tenía su cara totalmente introducida en aquel artefacto intentando descubrir su misterio, Rodolfo introduce de nuevo la escobilla, diendo esta a parar a la cara del Obispo quien acaba untado con su propia mierda. Este volvió a caer al piso debido al susto. Con un salto repentino se repuso se subió los pantalones y abriendo la puerta, salió como el que no sabe dónde está mientras decía.
OBISPO.- ¡Esto es un invento del diablo!
Todos quedaron como petrificados al ver las pintas con las que salía el Señor Obispo. Enseguida el cura quiso  acercarse a él, pero el Obispo inició una carrera gesticulando con los brazos y saliendo del escenario, detrás de él salió la comitiva y el cura levantando las sallas también salió a la carrera.
Al momento sale de su escondite Rodolfo con cara de satisfacción creyendo haber realizado una gran tarea. En ese momento lo coge el Alcalde por los pelos y dándole patadas en el culo salen  del escenario mientras le decía.
ALCALDE.- ¿Pero tú que has hecho desgraciado!, ¡tú nos quieres buscar la ruina!, ¡Maldita sea mi estampa por haber confiado en ti!
El resto de actores va abandonado el escenario detrás del alcalde. Solo quedan en escena el maestro y Zacarías.
MAESTRO.- Hay Zacarías, me temo que tu invento nos traerá más disgustos que éxitos. (sale el maestro)
ZACARIAS.- (Hablando al váter) Amigo mío, me parece que este es tu fin en este pueblo. Mucho me temo que la gente va a seguir cagando en las cuadras o en el campo antes que utilizarte a ti… En fin sea como sea lo importante al final va a ser el tener suficiente comida en la despensa para luego poder defecar a gusto.
Mientras cae el telón  se ve pasar al Obispo a la carrera haciendo aspavientos con los brazos, detrás de él la Comitiva y detrás el Cura. Por último el alcalde dando patadas en el culo a Rodolfo.

FIN.

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2 comentarios:

  1. ¡Como me mola La caza del gamusino! Me declaro fan, de verdad.
    Le echaré un ojo a la otra obra, que esa no la conozco. Te has abierto un sitio interesante... sí señor.
    :D

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    1. Gracias Mimi, ahora estoy en pleno proceso de otra, se titula EL HOMBRE QUE HABLA DEMASIADO, pero como todo lo bueno de esta vida se tiene que hacer esperar, por que como bien sabes no me dedico a esto en cuerpo y alma. Ya es hora de poner en marcha las actividades del otoño-invierno, que junto con las conservas, en este tiempo no tengo más horas en el día.

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