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PERICO, fue todo un personaje en La Ribera. Decir que
era mi padrino y como tal ejerció de ello ejemplarmente, tanto fue así que en
mi boda lo volví a elegir como mi padrino. Un hombre muy simpático que siempre tenía
una respuesta ocurrente, así como una sonrisa en los labios. Lo recuerdo cuando
subía andando todas las mañanas al bar de Celestino donde tras pedir el
acostumbrado vaso de vino sacaba del bolsillo su rebojo de pan y su trozo de
tocino envuelto en papel de periódico y de esa guisa, mientras comía y bebía,
intercambiaba impresiones con el resto de los contertulios.
Contaba el
propio Perico aquella vez que perdió las llaves y se puso a buscarlas justo en
frente de mi casa, pues era el último foco de alumbrado que había. Desde ese último
foco hasta su casa había como 300 metros de carreta totalmente a oscuras. Llevaba
unos minutos Perico buscando alrededor de aquel foco del alumbrado, cuando
viéndolo un vecino le preguntó qué hacía,
a lo cual Perico le dijo que buscaba las llaves de casa que se le habían caído
y no las encontraba. Aquel vecino se puso a buscar con él y viendo que no
aparecían le dijo a Perico “¿Estás seguro que las perdiste por aquí?”
a lo cual Perico le dijo “No que va, si
perderlas las perdí un trozo más abajo”, “coño- le dijo el vecino- ¿Y porque las buscas aquí?”, “Rediez –
contestó Perico- Porque ahí abajo no hay
luz”.
Sonado fue
aquella ocasión en que se corrió la voz por el pueblo que Perico había muerto,
cosa que los que sabíamos que no era cierto tuvimos que desmentir. Un día se
acercó al pueblo (decir que ya llevaba años viviendo en Ponferrada) hubo quien le dijo “¡Pero hombre Perico, si habían dicho que habías muerto!”, a lo que
contestaba “Por eso he venido por que me
han dicho que el entierro es por la tarde”.
Hay quien dice que por esas fechas lo vio en la romería de Los
Remedios y que le preguntó “Pero hombre
Perico que sorpresa, pero si habían dicho que te habías muerto” a lo que
contestaba, “Sí pero como el entierro es
por la tarde me da tiempo a venir a Los Remedios”.
Pero entre
todas hay para mí una aventura que es digna de contar. Sucedió ya hace muchos
años. Por aquel entonces no había alumbrado público por las calles, las cuales
a su vez estaban sin asfaltar (recordareis que para ir a misa los domingos
había que ir pisando por encima de unas piedras que estaban puestas para no
pisar barro. Teniendo ese escenario por imagen se cuenta que en una ocasión
estando en el bar de Celestino comenzaron una discusión sobre lo valientes que
eran todos ellos (fanfarrones siempre ha habido y habrá). Pues bien le
apostaron a Perico a que no iba al cementerio en plena noche y traía de él algo
que hiciese ver que efectivamente había ido. Perico que a fanfarrón no lo
ganaba nadie aceptó la apuesta. Asique durante el día los apostantes fueron al
cementerio y pusieron encima de una tumba aquel objeto que serviría de testigo.
En este punto es necesario decir que el muro del cementerio pasa de los dos
metros de alto y que la puerta de acceso estaba cerrada con llave. Asique
llegada la noche y tras haber quedado todos citados en el bar, para el
cementerio que se va Perico y efectivamente saltó la tapia, cogió el objeto que
servía de testigo y al querer volver a saltar la tapia, acertó a pasar por
junto al cementerio Leonor (que vivía cerca), la cual al escuchar ruido comenzó
a acelerar el paso. Perico que ya se asomaba por la parte de arriba de la tapia
al percatarse que Leonor se había asustado acertó a decir “Espera mujer, no corras”. Leonor al sentir tales palabras pasó de
andar rápido a pegarse una carrera y, allá que va detrás Perico también a la
carrera detrás de ella intentando frenarla, pero que en vez de decir quién era
le decía “¡Espera mujer, no corras que
es peor!” (Lo de peor es de suponer que se lo diría por que según estaba la
calle de embarrada, se iba a poner de barro hasta arriba). Leonor a toda
carrera no acertaba a ir por encima las piedras y, ante el susto que llevaba en
el cuerpo no era plan de hacer malabarismos, ella solo sentía detrás de ella “¡Pero espera mujer, no corras que no sirve
de nada!”. Al llegar al puente Leonor vio que estaba encendida la luz del
bar de Celestino y para allá que se dirigió a toda carrera y Perico cada vez acercándose
mas y a punto estuvo de alcanzarla cuando ya la pobre mujer totalmente exhausta
y a punto de tener un ataque al corazón acertó a entrar en el bar, hecha una
verdadera pena por la cantidad de barro que cubría su ropa, los del bar apenas
tuvieron tiempo de echarle una mano antes que se derrumbara. Justo detrás entra
Perico con unas pintas similares, eso si portando en su mano aquel objeto que
le hacía ganador de la apuesta. “Pero
mujer por que corrías si era yo quien venía detrás”, eso fue todo lo que
pudo decir antes que Leonor comenzara a darle palos y a acordarse de toda su
familia. Tanto que no se si le compensaría el haber ganado la apuesta y tuvo
suerte que los hombres consiguieron retenerla sino la “tunda” ge palos que le
hubiese caído a Perico hubiese sido
mayor.
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EL GUARDIÁN DE LAS
CEREZAS
Esta
historia me la contó mi hermano José Luis, al cual le sucedió siendo el un mozo
de los que se iban los domingo al baile de salón de Albares de la Ribera. Por
aquel entonces vivíamos en los pisos de Perico y como vecino estaba Jesús, más
o menos de la misma edad de mi hermano.
Al ir
caminando hacia Albares, vieron que Ateca se metía para casa a cenar. Hay que
decir que Ateca tenía delante de su casa un frondoso cerezo y que las cerezas
ya estaban maduras, por lo que Ateca celoso de sus cerezas se dedicaba a hacer
guardia debajo del cerezo para que nadie se las robara y como las noches ya
eran cálidas a finales de junio, pues se pasaba el tiempo debajo de aquel
cerezo. Hay que explicar que uno de los entretenimientos que teníamos los niños
y no tan niños, por aquel entonces en los pueblos, era precisamente el formar
pandillas de vez en cuando para ir a robar la fruta de algún vecino. Por
supuesto no nos gustaba la de nuestros árboles y tampoco la de aquellos vecinos
que consentían o no le daban mayor importancia a este hecho. ¡Lo que
verdaderamente nos gustaba era ir a robárselas a los vecinos que vigilaban
celosamente sus árboles frutales!, y si de paso nos pillaba y nos pegaba unas
carreras mejor que mejor.
Pues bien
Ateca era uno de estos últimos, y teniendo el cerezo a la puerta de casa no le
costaba ningún trabajo pasar las horas muertas debajo de aquel frondoso cerezo,
por lo que conseguir robarle las cerezas a este hombre era todo un reto.
Así sucedió
que viendo mi hermano y su amigo que Ateca se metía en casa para cenar
(seguramente) ellos no lo dudaron dos veces y se encaramaron al cerezo a comer
aquellas cerezas que ya apuntaban maneras de maduración. Estaban tan
ensimismados en su tarea y atracón que lo que ellos creyeron cinco minutos se
acercaría seguramente a la media hora, la noche comenzaba ya a hacerse más
presente por momentos y las nubes comenzaron a descargar unas gotas de agua. Por
lo que Ateca de pronto se aposentó debajo del cerezo con paraguas abierto. Era
una putada por que haber quien se atrevía a bajar ahora del árbol, cuando
debajo del mismo estaba el guardián del cerezo, asique los dos mozalbetes optaron
por escalar el cerezo hasta las ramas mas altas y ya que tenían que estar allí
sin hacer ruido, pues que mejor que matar el tiempo comienzo cerezas. No
contentos con ello, los muy ladinos comían la cereza y le tiraban el hueso a
Ateca al paraguas, el cual no se daba por aludido ni prestaba la menor
atención, por que posiblemente lo atribuía a las gotas de lluvia. Y así entre
risas a lo bajo y apuntando con el hueso al paraguas pasaron lo menos dos horas
aquellos dos mozos encima del cerezo. La noche ya estaba avanzada y puesto que
por aquellos lugares no pasaba nadie, Ateca dio por finalizada su ronda de
vigilancia y decidió meterse en casa, momento en que mi hermano y su amigo
Jesús bajaron del árbol y se fueron a aprovechar los últimos minutos de baile
en el salón de Albares.
No cabe duda
que de esta historia se podía sacar una moraleja. Si guardas tu árbol de los
ladrones, mira primero si estos no están ya encima del mismo.
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