A LA CAZA DEL GAMUSINO
<a rel="license" href="http://creativecommons.org/licenses/by/3.0/deed.es_CO"><img alt="Licencia Creative Commons" style="border-width:0" src="http://i.creativecommons.org/l/by/3.0/88x31.png" /></a><br />Este obra está bajo una <a rel="license" href="http://creativecommons.org/licenses/by/3.0/deed.es_CO">Licencia Creative Commons Atribución 3.0 Unported</a>.
Obra de teatro en 4 actos
PERSONAJES POR ORDEN DE APARICIÓN
PETRA.- Mujer de Rufino y madre de Aldonza
PETRA.- Mujer de Rufino y madre de Aldonza
ALDONZA-. Hija de Petra y Rufino
RUFINO.- Hombre avaro y terrateniente, esposo de Petra y padre de Aldonza
GUSTAVO.- Capataz de la hacienda y padre de Genaro
GENARO.- Hijo de Gustavo y novio de Aldonza
LUCIO.- Cazador
AMADO.- Médico
ACTO I
ESCENA I
Casa típica campesina. A la izquierda del escenario se encuentra la puerta de entrada. En el centro como única decoración una mesa de madera cubierta por un pobre mantel y rodeándola hay tres sillas de madera. Al fondo se encuentra la cocina de leña, el fregadero y una encimera.
Entran en escena Petra y Aldonza las cuales muestran síntomas de estar muy cansadas.
PETRA.- (Se deja caer en una de las sillas). Este marido mío, va a acabar con nosotras, estoy exhausta, no puedo mover ni un solo músculo del cuerpo.
ALDONZA.- (Dejándose caer abatida en la otra silla) ¡Será posible con este padre mío!, ¡todos los años igual!, ¡a medida que se acerca el tiempo de la siembra, es que nos hace pegarnos unas sobas a trabajar que es demasiado para mi delicado cuerpo!
PETRA.- ¡Y ahora nos queda todavía la tarea de la casa hija mía!… Nos reponemos un momento y nos ponemos a preparar la cena, que ya sabes que tu padre se pone hecho una furia si llega la hora y no están preparadas las viandas para la cena.
ALDONZA.- ¡Ay mamá!.. ¡Ya no puedo más!... ¡Con el dinero que tenemos no se cómo no contrata una criada!
PETRA.- ¡Hija mía, no vuelvas a empezar con el mismo discurso quejoso de siempre!, ¡Ya sabes que tu padre no se gasta una perra, si no es estrictamente necesario!... Y para los menesteres de la casa como él dice, ya nos tiene a nosotras, que para eso nos mantiene.
ALDONZA.- ¡Si mamá!, ya sé que no me deja quejarme delante de papá… Pero no sé cómo no se pone usted en su lugar de esposa y le pone un poco las peras al cuarto… Usted nunca se queja, nunca protesta y, así nos tiene ¡como unas esclavas!
PETRA.- ¡No te consiento que hables así de tu padre, ni de mí!... ¡Mala hija! Ya sabes que a mí tu padre me conoció siendo una pobre miserable que no tenía donde caerme muerta. Él me dio cobijo, me mantuvo he hizo el sacrificio de casarse conmigo para no quedarme desamparada. Todo lo que tenemos es de tu padre, esta casa, la casa de labranza y de peones, la casa de la ciudad, las linares, las huertas de cultivo, los prados, los árboles frutales y las viñas. Así como los todos los rebaños y animales de la granja.
ALDONZA.- Se olvida usted de los peones, del capataz, las mujeres e hijos de estos y sobre todo de nosotras dos…
PETRA.- ¿Qué quieres decir?
ALDONZA.- ¿Qué voy a querer decir madre?... ¡Que nosotras también somos de su propiedad!
PETRA.- ¡Mala hija!... ¡Desgraciada!... ¡No hables así de tu padre! ¡El que nos mantiene y nos da cobijo!
ALDONZA.- ¡Vamos madre, despierte usted ya de una vez!... Él se casó con usted, no por misericordia ni bicho muerto. Si no para poder dormir caliente y tener una criada a la que no tiene que pagar salario alguno. ¡Le sale usted más barata que cualquiera de los quince peones que tiene! A los cuales por cierto paga salarios de miseria… ¡Madre, reconózcalo!... Mi padre… Su esposo…. ¡Es un explotador!... ¡Un avaro!
PETRA.- (incorporándose con furia de su asiento, da una bofetada a Aldonza) ¡Mala hija!, ¿Para esto te hemos criado?, ¿Para qué te reveles contra aquel que te da de comer?
ALDONZA.- (Tapándose la cara con ambas manos, sale corriendo y llorando) ¡Yo no pedí nacer en esta casa!
PETRA.- ( Mirándose las manos temblorosas, apenada por lo que acaba de hacer). Pobre hija mía… Es la primera vez que le pongo la mano encima… Y lo malo de todo es que tiene razón en quejarse… Yo elegí esta vida… ¡Pero ella no, ella no tuvo elección! (se dirige a la cocina y comienza a preparar la cena).
ESCENA II
Entra Rufino
RUFINO.- ¡Que, mujer! ¿Aún no está preparada la cena?
PETRA.- Estoy en ello marido.
RUFINO.- No sé qué estarás haciendo todo el día, que vengo a casa después de una dura jornada de trabajo, vigilando a los obreros y ni tan siquiera tienes la cena lista.
PETRA.- (levantando levemente la voz). ¡Pero hombre de Dios!... ¡Si hemos estado tu hija y yo todo el día de sol a sol trabajando las fincas!, ¿O es que acaso no nos has visto?
RUFINO.- (con voz amenazadora) ¡No te atrevas a levantarme la voz, que te deslomo! ¡Encima te quejaras, mala mujer!… ¡Encima que me preocupo por vosotras para que no os falte de nada!
PETRA.- Pues igual nos conformábamos con que no te preocupases tanto.
RUFINO.- (Dirigiéndose hacia Petra con la mano levantada en forma amenazante) ¡Te he dicho que no te atrevas a levantarme la voz!
ESCENA III
Hace su entrada Gustavo quien ha observado la actitud amenazante de Rufino
GUSTAVO.- ¡Patrón!
RUFINO.- (Volviéndose y bajando la mano) ¿Que formas son esas de invadir mi casa?, ¿No sabes llamar a la puerta y esperar a que se te invite a entrar?
GUSTAVO.- Lo siento patrón, es que la vaca pinta está a punto de parir y tiene problemas con el parto, creo que es necesario ayudarla y, como usted siempre me ha dicho que si algún ganado tiene problemas le avise…
RUFINO.- (dirigiéndose a la puerta) Vamos pues, no se puede hacer sufrir a ningún animal, son los amigos más fieles que una persona puede tener (Sale Rufino, Gustavo se queda en el quicio de la puerta).
GUSTAVO.- ¿Todo bien patrona?
PETRA.- Todo bien Gustavo, Gracias… Ve, no hagas esperar a mi esposo o te echará la bronca. (Sale Gustavo y Petra retoma su trabajo en la cocina)
ESCENA IV
Entra Aldonza cabizbaja
ALDONZA.- Madre
PETRA.- (Sin mirar a su hija, continua en su tarea) Dime hija.
ALDONZA.- Siento haberme portado de una forma tan irrespetuosa con usted
PETRA.- No te preocupes hija, ya lo he olvidado (Dirigiendo una mirada de arrepentimiento hacia su hija) De todas formas, eres tú la que tendría que perdonarme a mí.
ALDONZA.- Madre… yo… tengo algo que confesarle.
PETRA.- (dejando lo que está haciendo, presta atención a su hija) Tú dirás hija.
ALDONZA.-Tengo que confesárselo o me va a dar algo… Llevo tiempo queriéndoselo decir, pero no me he atrevido.
PETRA.- (Cogiendo a su hija las manos). Por Dios hija habla y no me tengas en ascuas, o me va a dar algo a mí. Llevo unos días observando que estás muy distraída y ensimismada.
ALDONZA.- Vera madre… es que… es que… no me atrevo
PETRA.- ¡Pero habla ya de una vez!
ALDONZA.- Verá madre… es que… tengo un pretendiente desde hace ya un tiempo
PETRA.- (Dejándose caer en la silla como si estuviese derrotada). ¡Dios mío, tú me quieres matar!, ¡Que va a ser de nosotras cuando se entere tu padre!
ALDONZA.- ¿Por qué tiene que pasar nada madre?, ya tengo 20 años. A mi edad ya se han casado todas las muchachas de la hacienda y del pueblo. Por otra parte ¿Qué impedimentos puede poner mi padre?
PETRA.- ¡Ay hija!, creo que ya es hora que te cuente algo. (Agarra a su hija por una mano y con un gesto la invita a sentarse). Veras hija, cuando tu naciste tu padre estuvo varios días maldiciendo su mala suerte y renegando de todo. Él siempre quiso tener un hijo que pudiese llevar la hacienda cuando fuese mayor… Dice que las mujeres no valemos para tales menesteres. Al tiempo, después de hacerse a la idea, mantuvo la idea que tú jamás te casarías. No iba a permitir que encima de perder su apellido, entrase un extraño que pudiese manejar a su antojo aquello que había pertenecido a su familia desde tiempos remotos. No iba a permitir que sucumbiera aquello que tanto sus antepasados como ahora él habían hecho con tanto trabajo y sacrificio. Si por cualquier motivo llegase a suceder que te unieses a algún hombre, te repudiaría y te desheredaría, mandándote a ti y a tu esposo fuera de sus tierras y, puesto que te quedarías soltera ¡Mejor para él!, así le cuidarías en su vejez.
ALDONZA.- ¡No puedo creerme lo que estoy oyendo madre! ¿Mi padre me odia por ser mujer?- ¿Mi padre no consiente que pueda ser feliz? Mi padre… madre ¡Es un monstruo!
PETRA.- En ocasiones también yo lo he pensado hija mía… ¡Pero por Dios te pido, no cuentes nada de esto a tu padre! Dame tiempo para pensar algún plan… Y dime ¿Quién es el afortunado?
ALDONZA.- Es Genaro, el hijo de Gustavo, nuestro capataz.
PETRA.- ¡Buen muchacho y muy trabajador!... Pero eso aún complica más las cosas. Por qué si por lo menos fuese el hijo de algún hacendado de la zona, tu padre no pondría reparos, pero siendo un simple jornalero de su hacienda… ¡Ya te digo de antemano que no consentirá tal unión!... ¡Tenemos que pensar algún plan!... y ahora ayúdame a acabar de preparar la cena que tu padre estará al caer.
ESCENA V
Entra Rufino hecho una furia
RUFINO.- ¡Malditos ineptos, malditos sean todos! ¡Este mes le voy a descontar de su paga el precio que tendría el ternero dentro de seis meses en el mercado de ganado!
PETRA.- ¿Pero qué te pasa marido que tan indignado vienes?
RUFINO.- ¡Que va a pasar mujer!, ¡que por falta de cuidado de la vaca pinta, ha traído un ternero muerto!... ¡Pero te juro que este ternero lo pagan todos esos vagos y gandules que tengo por empleados, este mes les descuento el valor del ternero!
ALDONZA.- ¿Pero aún se les puede pagar menos salario a los hombres que trabajan para usted?
RUFINO.- ¿Qué dices insensata?, ¡No me seas tan insolente! Buena suerte tienen todos estos muertos de hambre de trabajar para mí. ¿No les doy acaso un lugar en que vivir? ¿No les dejo una parte de mis fincas para que cosechen su propia alimento?... ¡Y encima cobran un salario!... ¿Te parece poco? ¡Claro tu que vas a saber siendo una inútil mujer! Las mujeres no tenéis no idea de asuntos financieros, ni de cuidar vuestra hacienda. ¡Si fueses varón entenderías perfectamente lo que digo!
ALDONZA.- (Indignada) ¿Pero qué dice usted padre? Encima de la miseria a la que somete a sus jornaleros ¿Aun pretende que le estén agradecidos? ¿Llama usted casa a ese barracón en que hay goteras, las puertas y ventanas no ajustan y el frio se cuela por todas partes? ¿Llama usted huerta a ese erial que deja cultivar a los jornaleros y que es el peor terreno de toda la hacienda?, ¿Dónde no crecen ni las malas hiervas?
RUFINO.- ¡Hija insolente! ¡Maldita sea tu estampa!... Tu podrás quejarte, ¡tú que tienes todo lo que necesitas!
ALDONZA.- ¿Cómo dice usted? Pero si ni tan siquiera podemos comprarnos madre y yo unos míseros harapos con los que poder vestir decentemente, hasta que usted no considera que los que tenemos ya están suficientemente raídos. (Sale corriendo)
RUFINO.- ¡Maldita hija!... ¡Maldita hija mal criada!... (Dirigiéndose a Petra) ¡La culpa es toda tuya por haber traído al mundo a esta hija! ¿Está la cena?
PETRA.- Si ya está
RUFINO.- ¿A qué esperas para ponérmela en la mesa? (Se sienta) Y en cuanto a tu hija ¿Esta noche que no cene!, ¡así aprenderá a respetar los deseos de su padre y a no protestar!, ¿Estamos?
PETRA.- Estamos marido, estamos.
Cae el telón.
Fin del primer acto
ACTO II
ESCENA I
Mismo escenario.
En escena está Petra, la cual deambula de un lado para otro muy nerviosa. Entra Gustavo
GUSTAVO.- Con permiso patrona
PETRA.- Pasa, pasa Gustavo. Dime ¿Qué nuevas me traes?
GUSTAVO.- Vera patrona. Esta noche estuvimos hablando todos los empleados de la hacienda. Después de mucho rato de charla y cambio de impresiones, creo que hemos dado con la fórmula apropiada para darle un buen escarmiento a su marido.
PETRA.- ¿De qué se trata?
GUSTAVO.- Perdone patrona, pero creo que cuanto menos sepa sobre el particular será mejor para todos.
PETRA.- Comprendo, pero dime al menos. ¿Advertiste bien a todos que mi deseo es darle un escarmiento a mi marido, pero no causarle males mayores?
GUSTAVO.- No se preocupe usted, por ese particular está todo hablado y bien hablado.
PETRA.- Si todo sale bien, no sé cómo podré pagaros el favor.
GUSTAVO.- Si todo sale bien, nos daremos por compensados. Pues le diré que todos los peones, junto con los temporeros y sus familias, habíamos hecho planes para dejar esta hacienda, precisamente en el momento que más se nos necesitase para recoger las cosechas y, así fastidiar a su marido y hacer que perdiera una parte considerable tanto de cosecha como de ingresos por no poder recogerla por falta de mano de obra. Pues nadie en la contorna quiere trabajar para su marido, solo por lo avaro, codicioso y explotador que es.
PETRA.- ¿Y qué iba a ser de vosotros?
GUSTAVO.- No tenga usted miedo por ese particular, que nosotros estamos acostumbrados al trabajo duro y, en tiempo de recolección nunca falta trabajo. De hecho muchos ya teníamos apalabrado el trabajo con otros hacendados de la zona. Pero me alegro que se haya decidido usted a tomar la iniciativa. Eso nos da esperanzas en el éxito de la empresa que vamos a acometer y si todo sale bien a buen seguro aquí en esta hacienda algo cambiará o se pondrá peor… Por cierto un día de estos vendrá a visitarles un desconocido que ofrecerá a su marido un negocio. ¡Es parte del plan!... Y no le digo más al respecto. Ahora con permiso patrona me retiro que aún tengo tarea que hacer.
PETRA.- Ve Gustavo, ve. Muchas gracias por todo. (Sale Gustavo)
ESCENAII
Entra Rufino
RUFINO.- ¿no era Gustavo ese individuo que acaba de salir?
PETRA.- Si efectivamente, era Gustavo
RUFINO.- ¿Y se puede saber que demoños quería?
PETRA.- No le eches la culpa a él, lo mandé llamar yo
RUFINO.- ¿Puede saberse que es eso tan importante que tienes que decirle al capataz, que le obliga a dejar sus tareas para venir aquí?
PETRA.- Solo quería saber si había algún cordero que mereciese la pena matar, pues quería prepararte una caldereta el domingo
RUFINO.- ¿Para eso molestas al capataz? Eso me lo podías haber preguntado a mí.
PETRA.- Es que entonces se perdería el encanto de la sorpresa
RUFINO.- ¡Valla hombre, esto es nuevo! ¿Una sorpresa? Sabes de sobra que no me gustan las sorpresas y, que rediez tampoco me gusta como cocinas. Como tus guisos por que no me queda otra. ¡O eso o morir de hambre! ¡Anda, anda, déjate de tonterías! Que no están los tiempos como para deshacernos de un cordero. Perderíamos por lo menos cincuenta reales si lo comemos en vez de venderlo. Ve y llama a tú hija que quiero hablar con ella muy seriamente y de paso vas donde Gustavo y le dices que bajo ningún concepto se le ocurra matar ningún cordero ¿Estamos?
PETRA.- Como quieras marido. (Sale Petra)
ESCENAII
Entra Aldonza
ALDONZA.- ¿Me mandaste llamar padre?
RUFINO.- Efectivamente. Quiero que me expliques un asunto que me lleva preocupando todo el día
ALDONZA.- Usted dirá padre
RUFINO.- He visto que miras de una forma un… tanto especial… a Genaro, el hijo mayor de Gustavo… He estado indagando y preguntando a los empleados, pero nadie suelta prenda. Aunque hubo quien me dijo que el otro día os vio hablando a ambos en un lugar un poco apartado y de una forma muy confidencial. ¿Qué hay de cierto en ello?
ALDONZA.- ¡Serán habladurías de la gente padre!
RUFINO.- Pues te advierto dos cosas. Primera, la persona que me lo dijo, mañana será despedida. No quiero en mi hacienda a cotillas ni embusteros. Segundo… ¡Si eso llega a ser cierto te muelo a palos!
ALDONZA.- Pongamos padre, que fuera cierto ¿Qué mal habría en ello?
RUFINO.- (Alterado) ¿Mi hija alternando de forma descarada con un obrero de la hacienda? ¡Antes te mato que permitir tal humillación!
ALDONZA.- ¡Pero padre!
RUFINO.- Ni peros ni nada.
ALDONZA.- ¡Pero padre!
RUFINO.- ¡Que digo que ni pero ni nada! ¡Una hija mía jamás se casará con un jornalero!... ¡Vete haciéndote a la idea!... ¡Antes te mato!
ALDONZA.- ¡Pero padre!, ¿Qué mal he hecho yo en esta vida para que me trate de esta manera que me trata?
RUFINO.- ¿Y aun te atreves a preguntarlo mala pécora?... Para empezar ¡yo nunca quise que nacieras mujer! ¡Yo siempre quise tener un barón a mi lado, que dirigiese con migo la hacienda y que supiera llevarla el día que yo ya no pudiese!... En cambio naciste tú, y no contenta con nacer provocaste el que tú madre tuviese muchos problemas en el parto que ocasionaron el que no pueda tener más hijos... ¿Te parece poco?
ALDONZA.- (indignada) ¡Perdone usted padre por haber nacido! Razón lleva en una cosa. ¡Mejor no haber nacido, que tener un padre como usted!... ¿Y usted qué sabe si yo no valgo más que la mayoría de los hombres, para llevar la haciendo? ¿Acaso alguna vez me ha dado usted la oportunidad de demostrarle mi valía como persona?... ¡O mejor aún, como mujer!
RUFINO.- Maldita hija insolente. ¡Te voy a enseñar a contestar a tu padre! (Rufino levanta la mano en ademán de querer pegar a su hija, pero esta en vez de retroceder y protegerse, es enfrentarse a su padre en clara señal de desafío)
ALDONZA.- ¡Adelante padre, pégueme usted!... ¡Es lo único que ha sabido hacer en la vida! No he recibido de usted más que bofetadas y castigos desde que tengo uso de razón. ¡Jamás he recibido de usted una caricia o muestra de cariño!... Pero sabe, esa rabia y odio que día a día he recibido de usted me ha enseñado a ser fuerte. ¡Tan fuerte que no le temo! ¡Ande pégueme si tiene agallas!... Y le voy a decir más… ¡Si… estoy locamente enamorada de Genaro y ni usted ni nadie va a impedir lo contrario! ¡Me casaré con quien a mí me dé la gana, y ni usted ni nadie va a poder impedirlo!
RUFINO.- ¡Maldita hija indomable! ¡Te repudiaré!, ¡Te desheredaré!, ¡no tendrás nada de mí!
ALDONZA.- ¡Nunca lo he tenido padre! Usted siempre me ha tratado como un pingajo y, si he querido comer o comprarme un vestido, primero he tenido que deslomarme trabajando para usted como una esclava. ¡Por lo tanto una no puede perder lo que nunca ha tenido y, yo aquí en su hacienda, jamás he tenido nada!
RUFINO.- ¡Maldita hija!... ¿Así pagas a tus padres lo que hemos hecho por ti?
ALDONZA.- ¡Ah, no padre, no meta usted a madre en sus miserias! Ella aquí también ha sido una víctima de su manipulación, de su avaricia, ni tan siquiera a madre la ha tratado usted mejor que a cualquiera de los jornaleros a los que domina, solo ha sido una esclava. Por lo demás usted jamás ha hecho nada por mí por lo tanto nada tengo que agradecerle. (Sale corriendo)
RUFINO.- ¿Dónde vas?, ¡Vuelve aquí! Aun no te he dado permiso para que te vayas… ¡Maldita niña malcriada! (Sale Rufino)
ESCENA IV
Aparecen en escena Aldonza y Genaro cogidos de la mano
GENARO.- Pero Aldonza, ¿Cómo se te ocurrió enfrentarte así con tu padre?
ALDONZA.- ¡Que quieres Genaro, consiguió sacarme de mis casillas! Sé que lo que hice estuvo mal y, que el hecho de haberme enfrentado a él y haberle confesado nuestro amor puede acarrearnos problemas, sobre todo a ti. Seguramente a ti te despedirá y a mí me echará de casa. Pero sabes, ¡por primera vez he conseguido enfrentarme a mi padre sin tenerle miedo!... y él en cambio es la primera vez que no fue capaz a pegarme. Eso me ha hecho más fuerte y a perderle el miedo, por lo que no tengo miedo al futuro… ¡Siempre que ese futuro esté a tu lado!
GENARO.- ¡Eso no lo dudes! En cuanto a perder mi trabajo, no te preocupes lo más mínimo. Tu padre es el patrón que menos paga. Pero eso sí, para empezar una nueva vida juntos tendremos que trabajar muy duro.
ALDONZA.- Y a eso ya estamos acostumbrados los dos
GENARO.- De todas formas, a lo mejor no tenemos que irnos. Has escogido el peor momento para enfrentarse a tu padre, pero te pido un poco de paciencia. Posiblemente muy pronto se arregle todo, o se pondrá peor… ya veremos.
ALDONZA.- No sé qué quieres decir
GENARO.- Tú no te preocupes y, confía en mí. En cualquier momento, vendrá a visitaros un hombre, que ofrecerá a tu padre un buen negocio… Pero no puedo decirte nada más.
ALDONZA.- ¿Me vas a dejar así, con la intriga?
GENARO.- Aldonza ¿Confías en mí?
ALDONZA.- Más que en mi propia vida
GENARO.- Pues entonces no hagas ni digas nada, hasta que no venga la persona que esperamos.
ALDONZA.- ¿Y si mi padre me hecha de casa, o me encierra en el sótano o me muele a palos?
GENARO.- Si tu padre te pone una mano encima soy capaz de matarlo con mis propias manos. Por lo demás te ruego que tengas un poco de paciencia… Y ahora me voy que tengo tarea que hacer y si tu padre me pilla aquí no sé qué pudiese llegar a pasar. (Se despiden con un beso. Sale Genaro)
ESCENA V
Entra Petra
PETRA.- Pero hija, ¿Qué has hecho que tienes tan indignado a tu padre? Si fuese un dragón echaría fuego por la boca.
ALDONZA.- Solo le he dicho cuatro verdades madre
PETRA.- ¿Y cómo es que se ha enterado de tu romance con Genaro?
ALDONZA.- Yo misma se lo he dicho madre y no pienso seguir ocultándolo. Por fin soy feliz madre. ¡Muy feliz! Y si padre no consiente en nuestra unión, nos es igual… Nos iremos de esta miserable hacienda y buscaremos la felicidad bien lejos.
PETRA,- Me alegro por ti hija mía, tú al menos has mostrado algo de cordura. Pero ¿qué será de mí, sola en este infierno? Hasta ahora me había mantenido aferrada a esta casa por que estabas tú y para mi tú eres lo primero. Pero una vez que te vallas, no me queda nada a que aferrarme…
ALDONZA.- Madre… Yo…
PETRA.- ¡Oh, no!, no te preocupes hija… son chocheces de vieja lo que digo. Lo que más me importa en este mundo es tu felicidad y, si esa felicidad la tienes que buscar fuera de estas tierras, pues que así sea.
ALDONZA.- Gracias madre, es muy importante para mí su comprensión. (Sale Aldonza)
ESCENA VI
Entra Rufino
RUFINO.- Asique estabas aquí… Llevo rato buscándote
PETRA.- ¿Dónde quieres que esté sino?
RUFINO.- ¡En las tierras trabajando, como todo bicho viviente que mora en esta hacienda! Pero no me extraña tu dejadez. ¡Últimamente estoy perdiendo poder! ¡Hasta tu hija se atreve a replicarme, pero esa todavía no sabe quién soy yo! ¡Se va a enterar de lo que es bueno!
PETRA.- Por favor Rufino… ¡Por Dios te lo pido!... Deja en paz a nuestra hija… Ya le has hecho sufrir bastante durante su corta vida. Jamás la has apreciado lo más mínimo. ¡Déjala que viva su vida!
RUFINO.- ¿Pero qué dices mujer? Permitir yo que mi hija me replique. ¿Qué ponga en duda mi autoridad en esta casa?... ¡Antes me dejo arrancar el corazón en vivo que permitir semejante sacrilegio!... (Se oye aporrear la puerta). Mira haber mujer, quien es el que osa llamar de ese modo a mi casa. (Petra se dirige a la puerta)
ESCENA VII
Entra Lucio
LUCIO.- Buenas tardes señores. Permítanme que me presente. Mi nombre es Lucio y mi oficio es el de cazador de ejemplares raros y exóticos
RUFINO.- Bien, ya me dirá que diantres hace en mi haciendo un cazador de… ¿De qué ha dicho?
LUCIO.- De animales raros y exóticos… Vengo a ofrecerle un gran negocio que le puede reportar unos muy suculentos beneficios
RUFINO.- (ofreciéndole una silla con mucha cortesía y amabilidad). ¿A si?... Pero siéntese… siéntese por favor y hablemos de esos negocios. (Dirigiéndose a Petra). Petra, ponle algo de beber y de pinchar a este buen hombre. (Petra lo hace al momento, pero en vez de retirarse permanece cerca de la mesa con la oreja puesta para no perderse detalle de la conversación)
LUCIO.- Verá…Llevo paseándome por su hacienda un par de días y, he podido observar que en sus tierras existe un gran número de ejemplares de una raza muy rara de animales, los cuales se pagan a precio de oro en el mercado.
RUFINO.- ¿Cómo puede ser posible eso?... Los únicos animales sueltos que he podido ver en mis tierras son: conejos, liebres, algún que otro corzo, un par de lobos y ratones de campo
LUCIO.- ¡Y gamusinos!
RUFINO.- ¿Cómo gamusinos?, ¿Qué diantres es eso de gamusinos?
LUCIO.- Son unos animales parecidos a los conejos, pero un poco más grandes, con orejas más pequeñas, patas largas y grandes ojos. ¡Corren como el diablo!
RUFINO.- ¿Y cómo es posible que nunca haya visto en mis tierras semejantes ejemplares?
LUCIO.- Por que ya le he dicho que corren como el diablo. ¡Debe ser el animal que mas corre del mundo! Además jamás salen a la luz del día. Solo salen de noche y en plena oscuridad
RUFINO.- Si eso es así… ¿Cómo sabe que en mis tierras, hay esa especie de animales?
LUCIO.- Por el rastro que dejan en sus carreras y por sus pequeñísimos excrementos, los cuales son tan pequeños y dejan tan poca señal que hay que ser un verdadero experto para percibirlos.
RUFINO.- ¿Y porque tienen tanto valor esos animales?
LUCIO.- ¡Por que poseen la piel de mejor calidad que jamás se ha visto! Las gentes de alto postín y de todos los reinos de Europa… ¡Que digo yo!... ¡Del mundo entero! ¡Pagan verdaderas fortunas por poseer trajes confeccionados con pieles de gamusinos!
RUFINO.- ¿Dice usted que en mis tierras existen gamusinos?... ¿Pero también los habrá en las fincas de los demás propietarios?
LUCIO.- ¡Si así es! Pero no sé por qué extraña razón en sus fincas los hay en mayor cantidad que en las fincas de sus vecinos
RUFINO.- Siendo así, pondré a su servicio a todos mis jornaleros a fin de cazar a esos gamusinos.
LUCIO.- Como usted desee, pero le advierto que yo pago la pieza a quien la cace y cada una la pago a mil reales
RUFINO.- (incorporándose de la silla sorprendido). ¿A como ha dicho usted que paga la pieza?... ¿A mil reales?
LUCIO.- ¡Así es!
RUFINO.- ¿Y cada pieza la paga usted a quien la cace?
LUCIO.- Efectivamente
RUFINO.- Es decir, si alguno de mis jornaleros se cobra una pieza, ¿los que se llevan el dinero son ellos?
LUCIO.- ¡Veo que me va entendiendo!
RUFINO.- ¡Pero si son mis tierras, se cazan en mi propiedad!
LUCIO.- Es que así está estipulado por ley. Por qué lo difícil no es encontrarlos, sino cazarlos. Por que como ya le he dicho son muy escurridizos y rápidos.
RUFINO.- Ellos serán rápidos, pero yo tengo fama de ser buen cazador. Pieza que tengo a tiro de escopeta, pieza que no se me escapa viva.
LUCIO.- Es que lo difícil es precisamente eso… cazarlos, porque no se pueden cazar con escopeta. Primero por que las piezas hay que entregarlas vivas. Segundo con escopeta se daña la piel y tercero como ya le dije, los gamusinos solo salen de noche, en plena oscuridad, ni tan siquiera salen cuando hay luna y, como estos días no la hay, es el mejor momento para cazarlos.
RUFINO.- Si eso es así, no les digamos nada a los jornaleros. Los cazaré yo solo.
LUCIO.- ¡Mejor para usted, así no tiene que repartir las ganancias! A los jornaleros los puede utilizar para que espanten los gamusinos hasta el lugar en que usted se posicionará… Pero creo necesario advertirle un par de cosas… Estos animales se cazan poniendo un saco entre las piernas con una luz iluminando la entrada del saco para que se espanten y entren dentro de él. Pero eso sí, si no consiguen encontrar la entrada pegan una patadas en la huida que hacen bastante daño, por lo que debe estar preparado a recibir algún que otro golpe. Ahora bien coincidirá conmigo que si pasan pongamos por ejemplo cinco gamusinos y consigue que en el saco entren tres, ya habrá hecho un buen negocio ¿No le parece?
RUFINO.- ¡Desde luego que sí!, ¡no hay en mi hacienda ni ganado ni tierras que me proporcione tanto beneficio!
LUCIO.- El otro asunto es el pago de aranceles reales de caza de gamusinos y por entrar en el club de los hombres cazadores de gamusinos del Reino de España. Ambas cosas suman unos costes totales de cinco mil reales. ¡Mientras no se paguen esos aranceles no podrá hacer uso de la caza de gamusinos bajo pena de cárcel! Pues su caza está restringida a grandes personalidades.
RUFINO.- (retorciendo el morro). Eso ya no pinta tan bien… Pero bueno precisamente tengo en mi casa esa suma de dinero la cual tenía reservada para imprevistos. ¿Pero usted me dará algún recibo o algo que justifique ese pago?
LUCIO.- ¡Desde luego que sí!, el día que venga a recoger los gamusinos le traeré un carnet firmado y sellado por el mismo Rey, que le autoriza a cazar gamusinos en todo el territorio nacional
RUFINO.- ¡Qué bien, encima entraré a formar parte de un selecto club de personalidades!… ¡Pero usted me ayudará a cazarlos!
LUCIO.- ¡No, lo siento, pero no puede ser! Yo tengo que dirigirme ahora a otras haciendas bastante lejanas a recoger la caza de gamusinos. Pero si le parece antes de marchar, le enseñaré el lugar más apropiado para cazarlos. El lugar donde usted se tiene que poner y donde tiene que distribuir a sus empleados para que espanten los gamusinos hacia su posición, así como la técnica más apropiada para tener éxito en la caza.
RUFINO.- Bien espere un instante que voy a por el dinero (Rufino se ausenta un momento, que aprovecha Lucio para pegar un trago de vino y comer. Al instante regresa Rufino con una saquito lleno de reales). Aquí tiene su dinero, puede contarlo si le parece.
LUCIO.- No es necesario, confío en su palabra. (Lucio se pone en pie dispuesto para salir). Bueno, pues nada yo le visitaré dentro de unos días, recogeré la caza y lo dicho le pagaré a mil reales por cada gamusino vivo Y ya sin más le enseñare lo prometido.
RUFINO.- ¡Bien, pues vamos sin perder tiempo!
Salen los dos
PETRA.- ¡Ay Dios mío!, ¿Qué le estarán preparando a este hombre?
ACTO III
ESCÉNA ÚNICA
El decorado es un bosque, el cual permanece en penumbra simulando ser de noche. En el centro y cerca del borde del escenario mirando hacia el público se sitúa Rufino el cual está colocando un saco de esparto entre las piernas mientras que con la otra mano sostiene una vela encendida.
RUFINO.- Ya podéis espantar los gamusinos, ya estoy listo
VOZ.- Prepárese patrón que ahí va uno…
En ese momento entra en escena un personaje que le tira del saco por entre las piernas y aprovecha para darle unos palos en la espalda con una vara.
RUFINO.- (quejándose por los palos recibidos, mira en el interior del saco y ve que allí no hay nada) ¡Ay!... ¡Ay!... ¡Ay!... Maldito gamusino… se me ha escapado. ¡Qué razón tenía el cazador, que patadas pegan los malditos gamusinos!
VOZ.- Prepárese patrón que va otro
RUFINO.- (mientras preparaba el saco de nuevo) Esperar malditos no los espantéis que me estoy preparando
Antes que acabase de prepararse se repite la historia, mas palos en las costillas pero ahora entre dos…
RUFINO.- ¡Ay, ay, ay!... ¡Esperar malditos que no estaba preparado!, ¡malditos gamusinos que patadas pegan!
Rufino se repone y de nuevo se prepara
RUFINO.- Venga que estoy preparado espantar a esos malditos.
VOZ.- Pa ya van patrón y ahora son varios
De nuevo alguien le tira del saco y acto seguido le caen palos por todas partes, Rufino cae al suelo entre quejidos de dolor
RUFINO.- Malditos gamusinos, malditos bichos del demonio, esperad, no los espantéis
Rufino intenta incorporarse entre quejidos de dolor y antes de estar preparado una nueva tandada de palos le caen por todas partes. En una de esas se ve como Genaro le da patadas cuando este estaba en el suelo, mientras otro intenta llevárselo para que no siga dándole golpes al pobre Rufino que está en el suelo retorciéndose de dolor.
Otro aviso y otra tandada de palos. (La escena se puede repetir tantas veces como se desee)
Fin del tercer acto
ACTO IV
ESCENA I
La casa, en escena se encuentran Petra y Aldonza las cuales están a la espera de noticias. Entra Gustavo alterado
GUSTAVO.- Patrona, prepare un lugar en que tumbar al patrón, lo traen varios hombres para acá. Creo que nos hemos pasado dándole palos
PETRA.- ¡Ay pobre marido mío!... Si tan mal viene habrá que avisar al médico.
GUSTAVO.- ¡Ya me he encargado de ese menester y viene de camino!
PETRA.- ¡Que Dios nos libre de que no se entere mi marido del engaño al que ha sido sometido!... Por cierto ese hombre que decía ser cazador ha venido y ha dejado parte del dinero para que os lo repartáis.
GUSTAVO.- ¡Sí!... Ese era el trato.
Petra y Aldonza sacan todo de encima la mesa y la colocan a lo largo del escenario.
ESCENA II
Entran en escena todos los actores, dos de ellos traen en volandas a Rufino quien no para de quejarse, lo colocan en la mesa cara abajo.
RUFINO.- (Entre quejidos de dolor). Con razón pagan tan caro cada pieza de gamusino. Mira que pasaron a mi lado piezas y no conseguí que entrase ninguno en el saco. Mira que son rápidos esos malditos gamusinos. Todo lo que sentí fueron sus patadas aporreando mis delicadas costillas. ¡Ay, ay, ay!
PETRA.-No digas eso marido, no hables que te dolerá más y no te preocupes que ya viene el médico y él te compondrá
ALDONZA.- (agarrando las manos de su padre y agachándose a su lado). ¡Ay, padre mío, no se muera por favor!… sea usted fuerte.
RUFINO.- ¡Ay Aldonza!... ¡Hija mía, después de lo que te he hecho sufrir!... ¡Aun te preocupas de mí!
ESCENA II
Hace su entrada el médico, quien se dirige al paciente, le sube la ropa dejando la espalda al desnudo. Hace una primera observación.
MÉDICO.- Por favor pueden salir todos y dejarme solo con el herido. (Salen todos)
RUFINO.- Dígame doctor, ¿Estas patadas tienen mala pinta, no?
MÉDICO.- (Mientras comienza a hacerle curas con algodones, alcohol y pomadas) ¿A qué patadas se refiere usted?
RUFINO.- (Entre quejidos de dolor, cada vez que el doctor le toca la espalda) ¿A qué patadas va a ser? A las que me dieron esos malditos gamusinos.
MÉDICO.- ¿Qué es eso de gamusinos?
RUFINO.- Unos malditos animales, los mas esquivos y difíciles de cazar que jamás haya visto.
MÉDICO.- ¿Y qué pinta tienen esos?... ¿Cómo dice?... ¿Gamusinos?
RUFINO.- Son como conejos pero más grandes, con las orejas más pequeñas, las patas más largas y grandes ojos. ¡Corren como el diablo!
MÉDICO.- ¿Y usted los ha podido ver?
RUFINO.- ¿Cómo los voy a ver?, ¡Si son tan esquivos y rápidos los malditos animales que solo sentía sus patadas aporreándome mis delicadas costillas!
MÉDICO.- Verá usted, señor Rufino… Mi oficio me obliga a ser sincero y no ocultar la verdad… Lo que usted tiene en toda su tullida espalda no son patadas, sino marcas de varas o de látigos o algo similar. ¡A usted lo que le han dado ha sido una paliza de muerte!
RUFINO.- ¿Pero qué dice usted, medico de pacotilla?, ¿no sabré yo de sobra quien me ha aporreado las costillas?
MÉDICO.- ¡Allá usted con lo que quiera creer! Pero antes me dijo que no había visto a esos miserables gamusinos.
RUFINO.- ¡Claro que no!, ¡son tan rápidos y escurridizos que no hay forma de verlos!
MÉDICO.- ¡Pero hombre de Dios! ¿Cómo puede creer semejante sandez, cuando nadie ha visto un animal de esas cataduras que usted describe?
RUFINO.- ¿Entonces usted cree que no existe semejante animal?
MÉDICO.- ¡Yo ni creo ni dejo de creer! Primero tendrán que enseñarme uno para que crea, porque nunca hasta ahora había oído hablar de animal alguno llamado gamusino.
RUFINO.- La verdad que yo tampoco
MÉDICO.- Bueno yo por hoy nada más puedo hacer. Tendrá que permanecer varios días acostado boca abajo. Daré a su mujer unos calmantes para el dolor y mañana pasaré a hacerle una nueva visita y una nueva cura. De todos modos no tiene nada roto así que esto se cura con total reposo.
RUFINO.- Doctor, le voy a pedir un favor, ahora al salir no comente nada de lo que hemos hablado y haga pasar a todos los que están ahí fuera. (Sale el doctor)
Rufino se queda solo y razona de este modo. Maldita sea, malditos sean todos, creo que tiene razón el doctor, he sido víctima de un engaño… La verdad que posiblemente me lo tenga merecido, la verdad es que en toda mi vida he sido un avaro, un déspota, con todos los jornaleros que al fin y al cabo son los que sacan adelante esta hacienda… Con mi mujer y mi hija aun he sido peor persona, ellas que siempre han estado a mi lado y en cambio las he tratado como esclavas, sobre todo mi comportamiento con Aldonza no ha sido el comportamiento que se espera de un padre hacia una hija y desde luego que tiene agallas la muy ladina, se ha enfrentado a mí como si de un hombre se tratase… ¿Qué hago?... ¡Los muelo a palos a todos o me hago el tonto y lo dejo pasar! ¡Ay, Ay, Ay, pobre de mí que dolor!
ESCENA IV
Entran todos
RUFINO.- (Quejándose como no lo había hecho hasta entonces) ¡Ay Petra de mi vida!, ¡Ay Aldonza hija querida!, ¡Ay Gustavo mi buen capataz!, ¡Ay… Genaro como te coja!. Os he hecho llamar para despedirme. ¡El médico me ha dado solo unas horas de esta vida!….
PETRA.- Por Dios marido ¿Pero qué me dices?
ALDONZA.- ¡No por Dios padre, eso no puede ser posible!... ¿Qué será de nosotras sin usted?
A parte Gustavo coge a Genaro por una oreja
GUSTAVO.- ¡Pero que habéis hecho animales!, solo le teníais le dar unos palos, pero no tanto como para dejarlo al borde de la muerte. (Dirigiéndose hacia Rufino). Lo siento patrón, siento lo que ha sucedido, pero es que….
RUFINO.- ¿Qué es lo que puedes sentir, mi fiel capataz? Tú no tienes la culpa de que yo hubiese sido tan avaro y codicioso que quería cazar yo solo todos los gamusinos de mi finca. Tú no tienes la culpa que yo durante tantos años os hubiese tratado como esclavos. Esta experiencia que acabo de vivir me ha hecho ver las cosas de diferente modo y cuando os he dicho que el médico me ha dado unas horas de esta vida, no quería decir que me fuese a morir. Sino que voy a dejar ahora mismo, las cosas atadas y bien atadas. (Dirigiéndose a Petra) Querida esposa, tú y yo nos vamos a ir a vivir a la casa que tengo en la ciudad, ya es hora de cambiar de aires. A partir de ahora vas a vivir como una reina, todos los caprichos y antojos que tengas te serán concedidos… Es mas a partir de ahora tú serás la única dueña de nuestros ahorros y tendrás hasta criada para que no tengas que hacer nada.
PETRA.- (A parte) Coña… que fuerte le ha dado a este hombre, ¡Si llego a saberlo hace ya años que habrías recibido esta paliza!
RUFINO.- (Dirigiéndose a Aldonza) ¡Tú hija mía, serás la dueña y señora de esta hacienda! Perdona por todos los males que te he hecho pasar. A partir de ahora los jornaleros y temporeros tendrán que llamarte patrona a ti. Y en cuanto a casarte con Genaro… Estoy seguro que seréis muy felices y yo bendigo vuestra unión
GENARO.- ¡Gracias suegro! (mientras decía esto le da una palmada en la espalda que hace que Rufino suelte un grito. Pone cara de arrepentimiento viendo como los demás le mandan una mirada de reprobación)
RUFINO.- (dirigiéndose a Gustavo) Tú Gustavo eres el mejor capataz que esta hacienda ha podido tener, por lo que te pido que a partir de ahora ayudes a mi hija y a tu hijo para que les sea favorable cualquier empresa que deseen emprender en esta hacienda.
(Rufino se incorpora y dirigiéndose al público dice) Pero eso sí, a todos ustedes les pido que no pierdan el tiempo intentando cazar gamusinos, por que se les pasará la vida intentando alcanzar un imposible.
BAJA EL TELÓN
Vídeo de la actuación
No hay comentarios:
Publicar un comentario